Próxima sesión del club de lectura: Súbditos de un rey lejano

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subditos de un rey lejano

Nuestro próximo libro propuesto para el Club de Lectura se titula Súbditos de un rey lejano de Juan Manuel Guillén. Aún no hemos fijado una fecha exacta (esperamos en torno al mes de abril) pero estamos ya en conversaciones con el autor, que previsiblemente nos honrará con su presencia y, por tanto, tendremos ocasión de departir con él el contenido de esta novela histórica y los entresijos sobre cómo la fraguó.

Informaremos próximamente a través del blog de los detalles del evento, así como en nuestro grupo de facebook: https://www.facebook.com/peripeciasenlaazotea

Mientras tanto, aquí os compartimos el enlace de la editorial con un poco más de información sobre el libro y el autor: http://grupodauro.com/2015/10/20/subditos-de-un-rey-lejano/

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¿Qué mejor plan para mañana jueves que dejarte apasionar por las historias de Ernesto, Santiago, Sophie o Eulalia? Ellos son solo algunos de los personajes que nos presenta Antonio Navarro-Barriga en su libro Cuando la miseria nos come.

cuando la miseria nos come

¿Qué mejor forma de retomar ese deseo de año nuevo de “voy a leer más”? ¿Es que has olvidado lo bien que lo pasabas teletransportándote a lugares lejanos a través de las líneas de cualquier escritor que tenía a bien ofrecerte su mano e imbuirte en sus aventuras, hacerte partícipe de sus peripecias, dramas, reencuentros y quién sabe de cuántas cosas más? Sigue leyendo

Lo siento

 

bonhomme

Me siento perdida,
cuando las palabras no son suficiente,
porque ya no sé cómo explicarte
que lo lamento.
Lamento haber sido mi peor versión,
en tu peor momento.
A veces pasa,
que la gente muere de forma estúpida.
No sabía que una amistad también podía hacerlo.
Morir así, de un tropezón,
de un golpe de frases mal dichas.
Y sigo estando perdida,
porque las palabras no me alcanzan,
y mientras las busco,
las persigo,
las invento,
solo sé con certeza
que ya te echo en falta,
maldito cabronazo.
Vuelve.

Piel-Plástico-Melocotón

Buenos días, amigos.

Para comenzar como corresponde el lunes, desde Peripecias en la Azotea, siempre os recomendamos un buen café y un rico texto. Al saborearlos, dedicamos unos minutos a nosotros y eso hace que prosigamos nuestro quehacer diario, con otras ganas.

Antonio

Pues bien, al texto de hoy le va como acompañante un chocolate caliente o un café con densa espuma. El relato se titula Piel-Plástico-Melocotón. Es un regalo del escritor Antonio Navarro Barriga, que por suerte  vendrá a visitarnos – como ya sabéis – el próximo 11 de febrero, a las 20:30 horas en el Rte. Pilar del Toro (Granada).

Desde aquí os invitamos a nuestro peculiar club de lectura, donde conocer una obra y  a su autor, nunca fue tan natural y ameno.

Gracias, Antonio Navarro Barriga.

Pielplástico-melocotón

Hacía algunos años que vivía sola, era madre de tres hijas y dos hijos. Su marido y ella habían trabajado duro para darles una buena educación, cuando quedó viuda el esfuerzo fue mayor aún, pero no cejó en su empeño de facilitarles la mejor formación posible. El día que el menor de sus hijos finalizó los estudios supo que se quedaría sola sin remedio, y cuando llegó la jubilación buscó la manera de estar entretenida, pero el tiempo pasó y cada vez era más difícil mantener la actividad.

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Fábula del huracán y del nadador

El Huracán.-

De la unión del viento y la mar nació una bonita tempestad, con mucho genio y bastante mal criada. En pocas horas pasó de ser un mero suspiro de amor a convertirse en un ser destructor con un poder descomunal.

La joven tempestad se fijó en una minúscula criatura que surcaba su reino y que lentamente avanzaba haciendo caso omiso a su cada vez más poderosa estampa.

“¿Quién le ha dado permiso a ese insignificante ser para nadar en mis aguas?” – Se preguntaba soberbia henchida por su juventud-, “¿me tengo que convertir en un huracán para que me tengáis miedo? Insolentes”.

La ambiciosa tormenta quiso poner a prueba al intruso. Mandó viento y mucho frío a su encuentro, a la vez que evolucionó a tormenta eléctrica llenando el cielo de nubes cumulonimbos de aspecto muy amenazante. Las cargó con mucho aparato eléctrico, lanzando una oleada de rayos y truenos contra el nadador. Todo fue inútil, el nadador ni se inmutó.

La tormenta se rehízo cogiendo mucho más poder, convirtiéndose en un huracán de grado dos, estaba enfurecida. Llena de ira, le mandó una ola de más de treinta metros de altura para que se la tragara como la ballena al plancton. Pero en cuanto pasó la demoledora ola, el nadador volvió a surgir de la enfurecida mar como si no hubiera pasado nada.

Posteriormente le mandó infinidad de olas rápidas y vientos con una fuerza descomunal, una tras de otra llegaban sin aviso. La impetuosa tempestad quería asestar el golpe definitivo. La velocidad del viento se incrementó hasta cerca de los trecientos veinte kilómetros hora, convirtiéndose en un huracán de categoría cinco y bautizándose con el nombre de “Huracán Mary”. El mundo asustado rezaba para que su poder destructor no tocara tierra. Las autoridades comenzaban a desalojar las costas más cercanas. Pero al huracán solo le interesaba ese insignificante ser.

Sabía que eso no lo podría soportar ningún ser viviente y que tarde o temprano su infinito poder le haría destrozar a ese ser que parecía inhumano.

Hasta que de pronto, el nadador desapareció.

No se lo podía creer, había vencido.

Aún no se fiaba y revisó cada centímetro de mar en busca de su encarnizado enemigo, pero no lo halló. Su furia fue desapareciendo a la vez que su bravura, sin un enemigo como objetivo es difícil motivarse por lo que a las pocas horas volvió a convertirse en una pequeña y estupenda tormenta que no llegó a tocar tierra.

El nadador.-

A cada brazada sentía como su cuerpo se estilizaba y atravesaba el agua con sutileza y rapidez. Sus músculos, en tensión por el esfuerzo, se estiraban para avanzar el máximo de metros. Mientras sus manos, por debajo del agua, procuraban mover gran cantidad de ella para poder propulsar el resto del cuerpo. El motor de cola eran los pies que a brazo cambiado, ejercían una gran fuerza e impulsaba el resto del cuerpo hacia adelante. La respiración la llevaba cada dos brazadas, lado contrario a donde el oleaje le golpeaba. Su mirada fija en la profunda oscuridad del mar, no le hacía perder los nervios. Todos esos movimientos estaban automatizados.

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El cielo se oscureció, comenzó a llover, granizar. Los rayos se sucedían a gran velocidad a la vez que el estruendo de los truenos. La mar le golpeaba con fuerza, pero no dejaba de nadar, de moverse constante entre las olas. No sentía frío, nunca lo sentía. En uno de sus movimientos para respirar hizo una mirada rápida al frente, sus pulsaciones se elevaron y no dejaron de subir hasta que hizo una visual alrededor suya mientras continuaba nadando, solo había agua y cada vez más embravecida. Su mente, como una cámara cenital que en progresión se iba alejando de él, le fue mostrando una imagen esperpéntica de un nadador luchando en medio de un inmenso y salvaje océano, hasta que ese nadador se convirtió en un simple punto para posteriormente desaparecer en el azul oscuro del mar. Buscó la tranquilidad en su mente y la encontró muy al fondo, en un recuerdo; nadaba entre peces de diferentes formas y colores en un mar turquesa de coral, su simbiosis era perfecta con el entorno y se sentía totalmente integrado en un medio que no era el suyo. Era maravilloso, parecía un anuncio de televisión.

Un golpe de mar lo sacó de su ensoñación para mostrarle la crudeza de su verdadera realidad. En una fugaz mirada al frente sus ojos vislumbraron una gran ola, que como un gran muro se levantaba delante de él, solo le dio tiempo a hundir la cabeza en el agua. Antes de que toneladas de agua helada cayeran sobre él, convirtiéndolo todo en una inmensa lavadora. Todo desapareció a los pocos minutos.

Las olas lo balanceaban de una cresta a otra, de la nieve de un pico a la espuma efervescente de la otra. Lo que inicialmente pudo ser un baile terminó convirtiéndose en una pesadilla.

El desenlace.-

Las olas le golpeaban con fuerza, a la séptima u octava ola sintió desfallecer. Una ola lo había golpeado con tal fuerza que había perdido un brazo y por primera vez comenzó a hundirse lentamente. Cuando ya estaba a punto de caer por un agujero negro muy profundo, sintió un pequeño golpe en su espalda y como algo le empujaba hacía arriba para llevarlo a un remanso de mar, el aire había desaparecido, las olas también. Entendió que se encontraba en el ojo del huracán. Un delfín lo depositó encima de una vieja tortuga. Que lentamente lo llevó al centro del remanso.
Después de tanta fuerza, ira, poder. Había llegado a un lugar donde sólo había paz.

Los delfines, ballenas y demás peces deambulaban por allí felices, todos los animales se protegían en ese maravilloso lugar. Ningún hombre osaría llegar allí con sus barcos, redes y arpones. La tempestad acabaría con ellos, como ha hecho otras veces.

Los delfines comenzaron a saltar alrededor, las ballenas se acercaban. Todos con gestos de admiración hacía el magnífico nadador que ha luchado contra un huracán. De la tortuga pasó a una ballena que la paseó en su costado enseñándole las maravillas de ese lugar y presentándole a los habitantes de ese paraíso. Todos querían conocer al héroe que le había echado un pulso a tan temible tormenta.

Lo intentaron convencer para que se quedara entre ellos, era el mejor sitio para un geyperman nadador. Pero surgió el problema de que ya no podía nadar y él era un nadador profesional. El más elegante y rápido de la tienda de juguetes o por lo menos eso ponía en la publicidad. Pero al faltarle un brazo no podía seguir nadando. Una merluza que andaba por allí comentó que ella vio caer el brazo en el agujero más profundo y oscuro de ese océano. Todos los presentes se miraron asustados.

Finalmente, la solución la dio la tortuga más vieja, le ofreció su caparazón para que pudiera vivir, tan solo debía de mantenerla limpia y ordenada. Ella prometió enseñarle todos los mares y océanos, tenían toda la vida por delante.

Fue entonces cuando el geyperman nadador cumplió su máximo deseo de vivir en el mar.

La moraleja.-

Para cada persona esta fábula puede tener una moraleja distinta, me encantaría leer la tuya. ¿Cuál es la moraleja, para ti, de esta historia?

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Florecer en la ciudad

Aquel árbol nunca había florecido. Al menos, no desde que Martín lo conocía, y de eso hacía ya más de ocho meses. Desde que sus padres decidieron dejar el pueblo y marcharse a vivir a la ciudad. Aquel tronco retorcido y seco era la única señal de naturaleza que había podido encontrar en los alrededores de su nueva casa. Una naturaleza muerta. A Martín le daba pena mirarlo, le recordaba a esos horribles bodegones con perdices que adornaban la casa de sus abuelos. El recuerdo de algo que una vez había estado vivo, y que ya no lo estaba. Todos los días, al salir del colegio, dejaba que sus pasos se perdieran por las calles antes de llegar a casa. Fue así como encontró el árbol, plantado en el patio trasero de una casona abandonada. Era un sitio gris, como el resto de aquella ciudad que a él le parecía llena de humo y de ruido. Martín se había criado en un pequeño pueblo, y adoraba la libertad del campo, la infinidad del cielo azul y la sinfonía improvisada de los pájaros. Su nuevo hogar, con espacios cerrados, cielos cubiertos y ruido de coches, se le antojaba un mundo de pesadilla sacado de un cuento, y todos los días esperaba que, al igual que en los cuentos, el hechizo se rompiera y se hallara de vuelta en su antigua casa. La ciudad le hacía sentirse solo y vacío. Nunca había sido un niño muy extrovertido, pero desde que se trasladaron se había vuelto especialmente solitario.
“Quizás yo no sea después de todo tan diferente de este árbol”-, pensaba Martín tristemente cada vez que sus paseos terminaban en el descuidado patio de la vieja casona. Sentado allí, en un banco de piedra, se sentía tan hueco como el tronco retorcido. Necesitaba un amigo más que nada en el mundo.

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Así transcurrió la primavera, el verano, y el otoño, sin que el tiempo alterara en lo más mínimo ni al árbol, ni a Martín. Hasta la llegada de las primeras nieves, que ese año se hicieron esperar hasta el día de Nochebuena.

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Una embarazada embarazosa II: Un encuentro indeseado…

El jueves pasado me encontré con mi tía Dolores, esa tía lejana que está en todas las familias, y que de todo opina… Yo caminaba con prisa, toda la prisa que se puede tener con un bebé pataleando dentro de tu tripa y absorbiendo tu energía. Sigue leyendo

Carta a una amiga

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Mi querida Mari, que pena que no estés aquí conmigo, están siendo unas vacaciones muy especiales, te añoro mucho.

Ayer a la mañana, dando un paseo, me acerqué a cala Seca. Preciosa playa de piedras turquesa y agua embotellada. La temperatura era ideal, no más de diecinueve grados al sol y veintiocho a la sombra.

Me encontraba completamente solo, acompañado únicamente por un ligero huracán y un frondoso árbol sin ramas.

Estuve nadando desnudo entre millones de medusas y por un momento me sentí como si fuera una de ellas. Me impregné de su esencia, de su elegancia y con movimientos muy pausados bailé con todas ellas. Todas querían tocarme, abrazarme pero como ya sabes, yo soy muy poco cariñoso y en un momento de agobio, salí huyendo. Como siempre.

Después he tomado parcialmente el sol en el lado izquierdo de mi cuerpo en una nueva postura de yoga que me he inventado y la cual he patentado con el nombre de, “ahora no me acuerdo pero era un bonito nombre”.

Cuando ya he estado moreno exclusivamente de ese lado me he dado una ducha muy fría de colores cálidos, el bello se te eriza y te hace sentir la persona mas feliz del mundo, pero dura levemente la quinta parte de una micra de segundo. Suficiente para mí, ya me conoces, tanta felicidad me cansa. Me gustaría aclararte que si fuera una ducha cálida de colores fríos produce el efecto contrario y además es muy malo para las varices.

Después he estado jugando, o eso creo yo. He comenzado a tirar piedrecitas, a hacerlas botar repetidamente, pero al cabo de un rato los peces se sintieron agredidos y me recriminaron con vehemencia. Al final un grupo de delfines me llamaron la atención. Uno de ellos, el cabecilla de la pandilla, me tiró una pelota grande y me hizo pasar por un aro repetidas veces. Cada vez que pasaba por el aro con la pelota, los delfines aplaudían mucho. Se lo pasaron en grande.

Pero tanto ejercicio me dio hambre y le pregunté a un pez barbudo que andaba por allí cerca dónde podía comer bonito y barato. Y claro me ha mandado a un pequeño mesón del interior donde ponen unas butifarras del carajo… Listillo el pez.

Desde ese momento, no recuerdo mucho. Pero seguramente fue un paseo inolvidable a la luz de la luna por una autopista de estrellas fugaces o algo por el estilo.

Acabo de releer la carta, creo que la pastilla que me tomé para el dolor de cabeza no era precisamente una aspirina, aun así fue un día fantástico de playa.

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P.D. Te mando unas fotos de ese día.. Si es cierto, la postura de yoga me la enseñó el pato…

Siempre tuyo

Ricardo de la Osa