Las venidas y desavenencias del “fenicio” II

(https://peripeciasenlaazotea.wordpress.com/2014/11/10/las-venidas-y-desavenencias-del-fenicio/)

Sarah se encontraba tumbada entre los pinos de la playa leyendo apaciblemente. Se había refugiado allí del viento, que aquel día soplaba de poniente y era un tanto molesto. Sin embargo, no era tanto del viento de lo que buscaba refugiarse en aquel rincón solitario, sino de su pensamiento, y para eso no hay ningún buen lugar. Sí, había discutido con sus amigas de toda la vida con las que andaba veraneando en Los Caños. Sentía que no la comprendían. Sus vidas habían ido tomando rumbos diferentes y ya no había conexión entre ellas. Se habían empeñado con mucha ilusión por pasar una semana juntas de vacaciones de camping, como en los viejos tiempos, según Patricia, pero no: todo estaba siendo un fracaso.

Bueno, Sarah ya venía con lo suyo de Madrid. Discusiones con su novio, su trabajo pendiendo de la cuerda floja, los sermones de su madre… Parece que nada iba bien y cada vez se sentía más atrapada.

Aquel momento de tranquilidad y sosiego le estaba haciendo amainar la rabia y la frustración que llevaba dentro. Y es que no hay nada como un buen libro y el rumor de la brisa y el mar para relajarse. “Qué pena que de esto no haya Madrid”, pensó para sus adentros. Y esbozando una sonrisa, tarareó: “vaya, vaya… aquí no hay playa…”

Y en esas andaba Sarah, intentando distraerse del mal rollo que la inundaba, cuando de repente escuchó un sonido atronador. Se incorporó sobresaltada y miró a su alrededor. ¿De dónde había venido el ruido? Parecía cercano. Se levantó y vio salir a un hombre corriendo hacia la carretera. En cuestión de segundos se esfumó en un coche de alta gama. No le dio tiempo a ver el modelo, ni mucho menos la matrícula. Solo se quedó con que era negro. Lo que estaba claro era que algo gordo había pasado. ¿Líos de mafias? En el entorno fronterizo del estrecho no era algo raro, casi incluso todo lo contrario. Sigue leyendo

El asesino del reiki

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A Hades y a Rosa, con mis más maliciosas intenciones

Debía ser una especie de maldición. Aunque había gente que mataría por sus manos, y eso era lo más irónico. Porque ¿qué hace un asesino a sueldo cuando sus víctimas reviven por el mero hecho de ponerles las manos encima? Aquel don tocapelotas lo estaba dejando en la ruina, no hablemos ya del asunto de ser el hazmerreir de todo el mundillo. Se había ganado el sobrenombre de “el asesino del reiki”, aunque la pura verdad es que no contaba con ningún cadáver en su haber.
No era culpa suya. Nadie podía acusarlo de no rematar a todos sus encargos con esmero. Estrangulamiento, puñaladas, veneno. No le gustaban las armas de fuego, las encontraba poco imaginativas, pero aún así las había probado, cuando su desesperación no le dejó otra salida. Un buen tiro en la cabeza debería bastar para acabar con alguien, pero por lo visto, no en su caso. Todas sus presuntas víctimas se iban a descubrir el otro barrio, hasta que él las tocaba para deshacerse de los cuerpos. Entonces los muy mamones revivían. Magullados, ensangrentados y desorientados, pero vivitos y coleando. Claro que estaba la opción de abandonar los cuerpos tal cual, según se desplomaban sin aliento, pero aquello no le parecía bien. Al fin y al cabo, hay que respetar a los muertos y darles una sepultura como Dios manda. Así se lo habían enseñado en su familia, donde el hecho de ganarse la vida quitando de en medio al prójimo no estaba reñido con la misa de los domingos. Definitivamente, no darles cristiana sepultura no era una alternativa a considerar.
La cuestión era que ya no podía soportarlo más. Se sentía frustrado, hasta que se dio cuenta que solo quitándose de en medio podría obtener su primer y único éxito. Nadie podía impedirle que él mismo fuera su último encargo. Decidido, lo planeó todo al milímetro, no dejando nada al azar. Solo faltaría que en el último instante algún ciudadano bienintencionado le hiciera el favor de rescatarlo. Condujo hasta la costa, alquiló una lancha y se hizo mar adentro. Cuando la orilla no era más que un punto en el horizonte, apagó el motor, se acercó al borde de la lancha, ató a sus pies a una pesada ancla, se puso unas esposas en las manos – no fuera a revivirse a sí mismo- y con gran dificultad se lanzó al mar. Fue al chocar con el agua helada, y ver cómo las olas lo devoraban cuando se dio cuenta de su estupidez. El suicidio no cuenta como asesinato. Tuvo tiempo de abrir la boca en una carcajada amarga antes de que el agua inundara sus pulmones. Ningún maestro del reiki podría traerlo de vuelta.

Es una gata

Sube al parral como cualquier cosa y visita el árbol cercano, hasta su alta copa. Pero lo que me fascina de ella es su elegante manera de bajar.

Se trata de una gata sin dueño que visita mi ventana durante este invierno.
Y si hablamos de descensos elegantes, ella se lleva el premio.

Ahora os relataré una historia chiquita, de un hombre verdadero.

Cuentan que – hace mucho tiempo – hubo un señor que en su juventud puso tanto empeño en subir, que olvidó por donde y cómo hacer el viaje de regreso.

Vivió años en la cima. Se ocupaba de mil cosas y sólo le faltaban horas. Todo en él era resplandeciente. Viajaba con su abrigo elegante, maletín de piel , secretarias, agendas y proveedores.

Ahora, ahí lo puedes ver. Es un viejo gruñón que no se levanta de su sillón, molesto por su calva y por su colesterol. Molesto por sus nietos, que no saben quedarse quietos. Molesto por su vida. Pues ahora es cuando tiene tiempo para pensar en ella y da señas de no gustarle.

Este hombre gris, ha parado su reloj. ¿No aprendió a inventar? ¿O es que no le enseñaron a soñar?

Probablemente no supo bajar.

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Candela se llama esta gata. Y ahora está en mi ventana.

Matilde Amaris.