Florecer en la ciudad

Aquel árbol nunca había florecido. Al menos, no desde que Martín lo conocía, y de eso hacía ya más de ocho meses. Desde que sus padres decidieron dejar el pueblo y marcharse a vivir a la ciudad. Aquel tronco retorcido y seco era la única señal de naturaleza que había podido encontrar en los alrededores de su nueva casa. Una naturaleza muerta. A Martín le daba pena mirarlo, le recordaba a esos horribles bodegones con perdices que adornaban la casa de sus abuelos. El recuerdo de algo que una vez había estado vivo, y que ya no lo estaba. Todos los días, al salir del colegio, dejaba que sus pasos se perdieran por las calles antes de llegar a casa. Fue así como encontró el árbol, plantado en el patio trasero de una casona abandonada. Era un sitio gris, como el resto de aquella ciudad que a él le parecía llena de humo y de ruido. Martín se había criado en un pequeño pueblo, y adoraba la libertad del campo, la infinidad del cielo azul y la sinfonía improvisada de los pájaros. Su nuevo hogar, con espacios cerrados, cielos cubiertos y ruido de coches, se le antojaba un mundo de pesadilla sacado de un cuento, y todos los días esperaba que, al igual que en los cuentos, el hechizo se rompiera y se hallara de vuelta en su antigua casa. La ciudad le hacía sentirse solo y vacío. Nunca había sido un niño muy extrovertido, pero desde que se trasladaron se había vuelto especialmente solitario.
“Quizás yo no sea después de todo tan diferente de este árbol”-, pensaba Martín tristemente cada vez que sus paseos terminaban en el descuidado patio de la vieja casona. Sentado allí, en un banco de piedra, se sentía tan hueco como el tronco retorcido. Necesitaba un amigo más que nada en el mundo.

arbol
Así transcurrió la primavera, el verano, y el otoño, sin que el tiempo alterara en lo más mínimo ni al árbol, ni a Martín. Hasta la llegada de las primeras nieves, que ese año se hicieron esperar hasta el día de Nochebuena.

Hasta entonces, las temperaturas no habían bajado tanto como para sacar del armario el viejo abrigo de lana, el que solo utilizaba cuando el aire cortaba y se respiraba olor a invierno. Ya hacía días que Martín estaba de vacaciones pero el niño aún no había hecho ningún buen amigo con el que compartir su tiempo libre, así que pensando en las tristes Navidades que lo esperaban y no teniendo nada mejor que hacer, se dirigió por centésima, o milésima vez –quién sabe- a su particular refugio. La gélida mañana de finales de diciembre no invitaba a pasar el rato al aire libre, así que al poco de estar sentado allí, sus manos buscaron refugio en los bolsillos del abrigo, donde tropezaron con algo. Su vieja armónica. Ya casi se había olvidado de ella, aunque eran infinitas las horas que había pasado tocándola sentado en la colina de al lado de su antiguo hogar. Por puro instinto, se la llevó a los labios y comenzó a arrancarle una melodía, algo insegura al principio. Pero la música pertenecía al mundo que había dejado atrás, tanto como la hierba, los pájaros o los árboles, y al momento se sintió bien. Cerrando los ojos, dejó que la tranquilidad fluyera en forma de música a través de sus labios. Los buenos recuerdos acudieron en tropel, transformándose al punto en una espiral de notas que lo envolvió todo. Martín no supo cuánto tiempo había pasado así, tocando con los ojos cerrados, cuando la extraña sensación de no estar solo le obligó a abrirlos. Lo que vio hizo que la armónica resbalara de sus manos y cayera al suelo. Con la boca abierta de mudo estupor, vio cómo el viejo tronco parecía respirar. La seca corteza que lo vestía se henchía lenta y levemente, para luego desinflarse de igual forma, como animado por un par de invisibles pulmones. No solo eso, por la base, alrededor de las raíces que se hendían en el suelo, la nieve se había derretido, y verdeaban algunos jirones de hierba nueva. Con el mismo instinto que lo había llevado a tocar la primera vez, Martín recogió la armónica del suelo y volvió a tocar, pero esta vez con los ojos abiertos. Maravillado, comprobó que, a medida que la melodía crecía y subía de tono, todo el árbol comenzaba a cambiar y a adquirir un nuevo color, menos ceniciento, y más intenso. Los palos secos que eran sus ramas se estiraron y retorcieron cobrando nueva vida. De la superficie de su corteza, que ahora ya no parecía reseca, sino suave y brillante, nudos de madera del tamaño de mandarinas comenzaron a palpitar, para terminar abriéndose y dejando escapar de su interior una multitud de pájaros que envolvieron la copa del árbol, ahora ya recubierto de hojas verdes. Los había de todos los colores: azules, verdes, fucsias, naranjas, amarillos… Todos tenían un plumaje de tonos intensos y tacto suave, y trinaban acompañando la melodía de la armónica.

roble-y-pajaros

Martín estaba feliz, y tan extasiado que no advirtió la entrada de un nuevo personaje en aquella particular escena, hasta que tuvo encima sus ladridos y lo vio saltar alrededor del tronco, intentando alcanzar a los pájaros, que alzaron el vuelo de las ramas, creando un huracán de colores alrededor del árbol, de él mismo, y del pequeño perro que intentaba cazarlos. A lo lejos, pero acercándose cada vez más, se escuchó una voz gritando:
– ¡Trasto! ¡Trasto!, ¿Dónde te has metido? ¡Trasto, ven aquí!
– ¡Oh no! ¡Me van a pillar!-, pensó Martín. De repente la idea de que alguien pudiera encontrarlo allí, en una propiedad que no era suya, y en medio de aquella situación, lo asustó, y cerró los ojos tratando de aclarar sus ideas, para inventar alguna explicación. Solo fue un momento, pero al abrirlos todo había vuelto a la normalidad. Delante suyo solo un tronco seco y retorcido ocupaba el pequeño jardín lleno de malezas medio cubiertas por la nieve, y un perro mestizo, blanco y negro continuaba saltando a su alrededor y ladrando excitado.
– ¡Trasto! ¡Al fin te alcanzo! ¿Por qué has salido corriendo? ¡Tchiss, calla! ¡Ven aquí! Lo siento, ¿te ha asustado? No muerde, te lo aseguro.
Martín se giró hacia la voz infantil que le hablaba, y se encontró con una niña, más o menos de su edad, que avanzaba torpemente apoyada en una muleta. Su pierna derecha estaba cortada a la altura de la rodilla. Los ojos de la niña eran alegres, y su sonrisa cálida, y ante ella Martín sintió soltarse el nudo que durante meses le había atenazado alma. Allí, en aquel mismo momento, se hicieron amigos. La niña le habló de Trasto, de su pierna perdida en un accidente de coche y de lo sola que se sentía al ser diferente. Martín le habló del campo, de la vida que había dejado atrás en el pueblo, y de lo solo que estaba porque él también se sentía diferente. Cuando horas más tarde se marcharon de allí, Martín volvió la vista atrás, para mirar el viejo tronco, preguntándose si no habría sido todo un sueño. Entonces Trasto se acercó trotando hacia él con algo en la boca: una pluma azul añil. La cogió y se la guardó en el bolsillo sin que la niña le viera. Ya habría tiempo para contarlo, todo el tiempo del mundo. Pues la amistad verdadera, cuando se encuentra, dura para siempre jamás.

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