Carta a una amiga

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Mi querida Mari, que pena que no estés aquí conmigo, están siendo unas vacaciones muy especiales, te añoro mucho.

Ayer a la mañana, dando un paseo, me acerqué a cala Seca. Preciosa playa de piedras turquesa y agua embotellada. La temperatura era ideal, no más de diecinueve grados al sol y veintiocho a la sombra.

Me encontraba completamente solo, acompañado únicamente por un ligero huracán y un frondoso árbol sin ramas.

Estuve nadando desnudo entre millones de medusas y por un momento me sentí como si fuera una de ellas. Me impregné de su esencia, de su elegancia y con movimientos muy pausados bailé con todas ellas. Todas querían tocarme, abrazarme pero como ya sabes, yo soy muy poco cariñoso y en un momento de agobio, salí huyendo. Como siempre.

Después he tomado parcialmente el sol en el lado izquierdo de mi cuerpo en una nueva postura de yoga que me he inventado y la cual he patentado con el nombre de, “ahora no me acuerdo pero era un bonito nombre”.

Cuando ya he estado moreno exclusivamente de ese lado me he dado una ducha muy fría de colores cálidos, el bello se te eriza y te hace sentir la persona mas feliz del mundo, pero dura levemente la quinta parte de una micra de segundo. Suficiente para mí, ya me conoces, tanta felicidad me cansa. Me gustaría aclararte que si fuera una ducha cálida de colores fríos produce el efecto contrario y además es muy malo para las varices.

Después he estado jugando, o eso creo yo. He comenzado a tirar piedrecitas, a hacerlas botar repetidamente, pero al cabo de un rato los peces se sintieron agredidos y me recriminaron con vehemencia. Al final un grupo de delfines me llamaron la atención. Uno de ellos, el cabecilla de la pandilla, me tiró una pelota grande y me hizo pasar por un aro repetidas veces. Cada vez que pasaba por el aro con la pelota, los delfines aplaudían mucho. Se lo pasaron en grande.

Pero tanto ejercicio me dio hambre y le pregunté a un pez barbudo que andaba por allí cerca dónde podía comer bonito y barato. Y claro me ha mandado a un pequeño mesón del interior donde ponen unas butifarras del carajo… Listillo el pez.

Desde ese momento, no recuerdo mucho. Pero seguramente fue un paseo inolvidable a la luz de la luna por una autopista de estrellas fugaces o algo por el estilo.

Acabo de releer la carta, creo que la pastilla que me tomé para el dolor de cabeza no era precisamente una aspirina, aun así fue un día fantástico de playa.

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P.D. Te mando unas fotos de ese día.. Si es cierto, la postura de yoga me la enseñó el pato…

Siempre tuyo

Ricardo de la Osa

Carta a un amor perdido

Mi corazón se ha congelado. Y no tiene nada que ver con las temperaturas de estos últimos días, sino con tu ausencia. De nada servirá que me traigan un brasero. De nada servirá que me traigan un buen calefactor o una manta térmica. De nada servirá que me lleven a la vera de una chimenea. Sigue leyendo